Mis estudios de ingeniería
Siempre me ha llamado la atención las
formas en que uno elige la carrera profesional, esa vocación que te acompañará
toda la vida. Me tranquiliza el hecho de saber que todas las motivaciones son
válidas para elegir una carrera, frase que leí de un autor que bien sabía lo
que decía. Ciertamente, cuando me preparaba para ingresar a la universidad y
tendría unos 16 años, mi madre me dio la oportunidad de elegir la academia
pre-universitaria donde podía prepararme para estudiar Ingeniería (esto sí lo
sabía) aunque no había decidido cuál de aquellas iba a estudiar.
Opté por la Academia matemática Sigma la más prestigiosa de Lima; como es lógico allí pude conocer los mejores candidatos que postularían a las universidades más prestigiosas; muchos de ellos gente normal, jóvenes de barrio como yo, de la clase media. Otros gente brillante que con menos edad provenían de familias de ingenieros y habían estudiado en los colegios más caros de la ciudad, la verdad es que estos se encontraban en otro level.
Opté por la Academia matemática Sigma la más prestigiosa de Lima; como es lógico allí pude conocer los mejores candidatos que postularían a las universidades más prestigiosas; muchos de ellos gente normal, jóvenes de barrio como yo, de la clase media. Otros gente brillante que con menos edad provenían de familias de ingenieros y habían estudiado en los colegios más caros de la ciudad, la verdad es que estos se encontraban en otro level.
Sin embargo, también es cierto que
había un pequeño grupo de estudiantes que estaban como hipnotizados por
ingresar a las facultades de ingeniería más difíciles por la competencia que
había. De lo que recuerdo el orden en dificultad era el siguiente: 1) Ingeniería
de sistemas, 2) Ingeniería electrónica, 3) Ingeniería electromecánica, 4)
Ingeniería mecánica, 5) Ingeniería civil, 6) ingeniería eléctrica, 7)
ingeniería sanitaria y 8) ingeniería ambiental y aunque también en aquel
entonces ya existían otras ingenierías (como química, pesquera, oceanográfica,
geológica, entre otras) lo cierto es que estas no contaban para aquel grupo de
jóvenes entre los que me encontraba yo. Las que he mencionado eran las que más
deseábamos estudiar.
Pero regresando a este pequeño grupo
de estudiantes de los que hablaba, yo notaba en ellos un gran conocimiento y
dominio de las materias que se impartían: la aritmética, el álgebra, la
geometría, trigonometría, física y química; pero más allá de querer estudiar su
obsesión consistía en ocupar los primeros puestos de ingreso y así se les había
ido pasando la vida; ellos con 24 o 25 años de edad a mí me parecían viejos,
incluso me infundían un poco de temor (esto se parece al fútbol, no? en el
sentido que aun siendo uno joven ya no lo eres tanto para determinadas etapas
de la vida) Me sorprendía el hecho de que no se dieran cuenta que habían
jóvenes más talentosos que conocíamos y que en silencio estudiaban
diligentemente para iniciar su carrera profesional.
Dada esta condición, una de las
primeras metas que me propuse era no llegar a una edad tan avanzada para
ingresar a la universidad y medí mis posibilidades, miré a mi alrededor y
pensé: bueno competir con este y este otro en las 4 primeras opciones, existe
la probabilidad de que me ganen, así que si estudio una Ingeniería esa será la
civil. Mi madre quería que fuera militar o estudiara electrónica porque un
joven amigo de mis hermanos había ingresado allí, pero con sólo verlo pensé
este muchacho por lo que sabe me parece un extraterrestre... ni hablar!
Por otro lado, dado que mi padre fue
militar y estuvo muchos años lejos de nosotros trabajando fuera de la capital,
especialmente cuando estuve en la adolescencia y aunque siempre lo he querido
mucho porque me ha tratado muy bien; decidí elegir la carrera que fuera lo más
contrario a la vida militar, me dije a mí mismo: yo sí estaré cerca de mis
hijos y de mi esposa así que no seré un militar, sino más bien un civil, un
ingeniero civil; en qué estaría pensando? porque imaginaba que estaría
dentro de la ciudad construyendo… nada más lejano; allí sí que me equivoqué de
cabo a rabo, porque en más de treinta años he viajado – al igual que mis
hermanos - muchísimo más que mi padre y he pasado la noche en los lugares más
extraños e interesantes en el Perú y el extranjero, supongo que habré dormido
en más de mil camas distintas y sin embargo, no me arrepiento (mi esposa se
molestará con estas palabras); pero fue lo que me tocó vivir, aunque de
muchacho me lo había imaginado de otro modo. Dice el libro del Eclesiástico “El
que mucho viaja, mucho sabe; y el que tiene mucha experiencia, discurre
sabiamente…” creo que es verdad.
Y así elegí la carrera de ingeniería
civil, me presenté al examen de admisión y días después ingresé. Llegué a casa,
con la cara de haber perdido para darle una sorpresa a mi mamá
(ingresar a una Universidad Nacional era una de las alegrías más grandes de los
padres); así que entré a la cocina donde ella estaba y me preguntó: “y?” a
lo que respondí “ingresé”; saltó de felicidad, dejó de cortar un
pedazo de bistec y salió corriendo a la calle a decírselo a mi madrina (que
vivía unas casas más allá) en realidad se lo contó saltando, gritando y riendo.
Aún tengo grabada esta hermosa escena en mi retina.
Fue una buena decisión. La vida se
encarga de llevarnos por lugares insospechados, es como si uno se fuera
haciendo el destino día a día. Llegaron los estudios, había ingresado a una
escuela de ingeniería muy exigente en la que había que estudiar mucho, amanecerse,
esforzarse. Hubo una época en que por la distancia y el tráfico empecé a llegar
tarde a clase, hasta que una vez por ser impuntual me fue muy mal en el examen
final del curso de Análisis matemático III.
Hice la promesa interior de que me levantaría siempre temprano y así, puedo decir que luego de ello, se me creó esa buena costumbre y luego no falté nunca, salvo una vez en que para recuperar dos horas de clase tuve que encerrarme en mi habitación tres días para estudiar de forma autodidacta Resistencia de Materiales I (el tema era el famoso Teorema de los tres Momentos); lo cierto es que había faltado un sábado por la mañana para irme a un retiro espiritual de mi parroquia; y todavía recuerdo este teorema…
Hice la promesa interior de que me levantaría siempre temprano y así, puedo decir que luego de ello, se me creó esa buena costumbre y luego no falté nunca, salvo una vez en que para recuperar dos horas de clase tuve que encerrarme en mi habitación tres días para estudiar de forma autodidacta Resistencia de Materiales I (el tema era el famoso Teorema de los tres Momentos); lo cierto es que había faltado un sábado por la mañana para irme a un retiro espiritual de mi parroquia; y todavía recuerdo este teorema…
Quise mucho a mi Universidad, fuera
de la exigencia de mis estudios, tuve amigos entrañables, chicos estudiosos,
laboriosos con virtudes humanas muy grandes. Era una Facultad de Ingeniería de
una Universidad pública que se encontraba alejada del Centro de Lima, frente al
mar de Magdalena, en la que habían unas puestas de sol espectaculares,
de película y donde no existían las huelgas ni los conflictos; así que era un
ambiente propicio para estudiar y para soñar… la mayor parte de nuestros
profesores se dedicaban al ejercicio profesional y eso les daba a ellos gran
prestigio ante nosotros cuando dictaban sus clases, las cuales empezaban a las
7:00 am; y dado que la sede se encontraba muy cerca del acantilado recuerdo que
una vez uno de mis compañeros que se sentaba al final, pidió permiso al catedrático
de mecánica de fluidos para cerrar una de las puertas del aula y las ventanas,
a lo que el profesor extrañado aceptó, no sin antes preguntarle por qué? a lo
que mi amigo respondió: “es que la neblina que ingresa debido al mar,
no permite que veamos la pizarra” Fue una época inolvidable, feliz,
quizá también ayuda que uno es muchacho, parece que fueras inagotable y sólo
tienes en mente estudiar para aprender; en la mayor parte de nosotros, nuestros
padres eran los que financiaban esa etapa de nuestra vida: los libros, los
pasajes, la alimentación, aunque a veces también no les alcanzaba; por lo que
estoy convencido que la magia existe… no sé cómo nos dieron educación superior
a todos mis hermanos, por lo cual les estaremos agradecidos por siempre.
Así fueron llegando los últimos años
de ingeniería. Habían chicos extraordinarios, mentes privilegiadas de
inteligencia, chicos virtuosos; pero también allí observé lo que después he
podido comprobar en la vida profesional un concepto que ha sido escrito por un
famoso psiquiatra español; el cual en su libro[1] dice: “El hombre con
voluntad llega en la vida más lejos que el inteligente” Frente a la
adversidad, he visto a mis amigos salir adelante, con voluntad. Qué suerte de
que ellos hayan sido mi promoción, porque un círculo virtuoso empuja a los
demás para adelante.
Fue así que casi sin darme cuenta
llegué al último año de estudios y empezaron las primeras preocupaciones y
preguntas: a qué me dedicaré?, también comenzaba la competencia: la más
importante Empresa de Petróleo de mi país convocó unas prácticas
preprofesionales en sus instalaciones y operaciones de la selva
peruana. Llegaron las invitaciones, sólo podíamos participar aquellos que
estuviéramos en el quinto superior de la clase. Era un concurso a nivel
nacional en el que sólo habrían 04 vacantes para los civiles… el resto de
vacantes se distribuirían en las carreras de industrial, química, de petróleo,
mecánica, etc. Con qué ilusión recuerdo, di mis exámenes y unos tests
psicológicos en un auditorio con bastantes jóvenes de todo el Perú, luego
vinieron las evaluaciones de conocimientos (me preguntaron sobre ángulo de reposo
en suelos, interacción suelo estructura, sobre cimentaciones y geotecnia) y
después llegaron las entrevistas personales; fue relativamente largo el proceso
y ganamos dos chicos de mi Universidad entre ellos, yo.
Empezaba una nueva aventura... Si bien
cuando era niño recorrí bastante con mis padres casi toda la costa del Perú, lo
cierto es que ni en la escuela secundaria ni en la Universidad había realizado
ningún viaje importante; como quien dice era un estudiante burgués de
la ciudad de Lima que salía casi por primera vez ni más ni menos que a
la selva peruana, viajaría en avión, luego en helicóptero, en deslizador
por el río e incluso en hidroavión, viviría en pequeños campamentos metidos en
la selva... me sentía el hijo de Tarzán! Fue una experiencia extraordinaria y
allí comprendí algo que me lo enseñó mi padre y que he tratado de vivir durante
mi vida profesional: cuando corresponde ir a un lugar a trabajar y es eso lo
que tienes que hacer, no le tengas miedo aunque parezca peligroso. Aprendí muchas
cosas buenas y aunque fue un tiempo relativamente corto me ha servido tanto
hasta ahora.
Nos vemos
en la siguiente entrada...
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